la côte vue des flots

La costa vista desde el agua

Nouvelle-Aquitaine es, ante todo, una región marítima que ofrece una gran variedad de paisajes oceánicos. Exploraremos los ineludibles, sí, pero también los más insólitos de esta variada costa atlántica que abraza el golfo de Gascogne.

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Al norte, en la bahía de l’Aiguillon (a las puertas de La Rochelle) y, al sur, la bahía de Txingudi (País Vasco). Un litoral variado, rico en biodiversidad y en historia, que se extiende sobre 970 km de estuarios, islas, playas, dunas, bancos de arena, cenagales y acantilados. Todo ello golpeado por las olas del golfo de Gascogne, para terror de los marinos y alegría de los surfistas. Puertos, ríos, faros... Toda una tradición marítima está escrita en esta costa, desde los bacaladeros de La Rochelle hasta los balleneros de San-Juan-de-Luz.

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Y aquí vemos surgir un paisaje de ciencia ficción: la antigua base de submarinos de la Pallice, en el puerto comercial de La Rochelle, un decorado sorprendente utilizado en las películas «Das Boot» e «Indiana Jones». Un lugar que se contempla de lejos o mediante una visita guiada en barco durante el verano. Esta base colosal fue construida por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, tal y como podemos descubrir en el apasionante búnker-museo de La Rochelle. En el Bassin des Chalutiers, cerca del Puerto Antiguo, el museo Marítimo ofrece, gracias a su flota patrimonial de barcos restaurados, visitas sobre un navío meteorológico de los años 80, un remolcador de alta mar, un arrastrero, una lancha de la SNSM, yates clásicos e incluso un velero, el del navegante Bernard Moitessier: su fiel «Joshua», con su casco rojo. Todo nos lleva al mar... Aquí, con la presencia del gran acuario; allí, con las torres del Puerto Antiguo.

Desde la isla de Ré hasta Marennes-Oléron

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Nada más salir de la bahía, la isla de Ré se impone. Actualmente, solo hay que cruzar el puente (el segundo más grande de Francia) para atravesar la bahía a lo largo, hasta la punta oeste, donde se reúnen los apasionados de la alta mar. El faro des Baleines domina la isla desde las alturas con sus 57 metros, así que hay que subir los 257 escalones de la escalera helicoidal para acceder a lo más alto y disfrutar de unas vistas impresionantes sobre el océano, las playas, la costa, Oléron y los pertuis. Al pie del faro comienza la encantadora playa de la Conche-des-Baleines, con sus 3 km de arena fina, y el bosque du Lizay, que termina en un conocido spot de surf.

Copyright-F Leroy-CRTNA-Vue aerienne de l Ile d Aix-12350-800

Entre las islas de Ré y de Oléron, un estrecho, el pertuis d’Antioche, oculta dos perlas, unos territorios a los que no se puede acceder en coche... Solo a pie o en bicicleta. En cuanto a la isla de Aix, tras una travesía en barco de 20 minutos se llega a una medialuna de 3 km, desde donde se pueden ver Oléron y el legendario Fort Boyard. También llamada la «pequeña Córcega del Atlántico», Aix cuenta con un pueblo fortificado, así como con su propia especialidad: el nácar. En cuanto a la encantadora isla Madame (800 m × 600 m), se puede acceder a ella a pie durante algunas horas, con marea baja, gracias a una franja de arena y guijarros de 1 km.

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Pero ya ha llegado el momento de honrar a la dueña del lugar, ya que nos encontramos en el reino de las ostras: ¿hay algún lugar mejor para disfrutar de una docena que el pintoresco puerto ostrícola de Château d’Oléron, con sus cabañas multicolor restauradas por artistas? Sin duda, estas mismas ostras crecieron en el estuario del Seudre —el río más corto de Francia—, en el corazón del brillante laberinto de la cuenca ostrícola de Marennes-Oléron.

« Aquí comienzan las playas de Robinson, que se pierden en la distancia entre el mar y el bosque, entre las olas y las dunas. Con los pies desnudos sobre la arena y los ojos fijos en el mar, a veces se puede percibir un atisbo de eternidad »

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Pasamos de un estuario a otro con el transbordador de Royan, el cual cruza el de Gironda. Con buena visibilidad, se puede contemplar la orgullosa silueta del faro de Cordouan. Terminado en 1611, este monumento histórico recibe el nombre de «el Versalles del mar». Suelos de mármol, vidrieras, capilla, dependencias reales... Es obra del arquitecto Louis de Foix, quien consiguió que se abandonase Adour en beneficio de Bayonne. Al otro lado, la pointe de Grave nos da la bienvenida con una arena blanca que anuncia un cordón dunar de 230 km de longitud que se extiende hasta la desembocadura del Adour. Aquí comienzan las playas de Robinson, que se pierden en la distancia entre el mar y el bosque, entre las olas y las dunas. Con los pies desnudos sobre la arena y los ojos fijos en el mar, a veces se puede percibir un atisbo de eternidad.

El país de las olas

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La erosión carcome y esculpe un litoral que nos conduce hasta un nuevo estuario, el de la Leyre, el cual forma la bahía de Arcachón, dominada por un fenómeno geológico extraordinario: la duna du Pilat, la más alta de Europa y el segundo lugar más visitado de Francia. La ascensión de sus 100 metros de arena (N. de la R.: la altura varía continuamente y puede ascender hasta los 115 metros en función del año) permite acceder a un panorama vertiginoso sobre la bahía, la pointe du cap Ferret y el legendario banc d’Arguin. Instálate en la cima y sueña un poco frente a las ondulantes lenguas de arena de la desembocadura de la bahía... Nos recuerdan a las Bahamas y cambian constantemente de forma bajo la acción de las fuertes corrientes.

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Rumbo al sur, al sonido de las olas rompiendo, recorriendo las playas landesas que huelen a resina, a serpol, a arena caliente y a rocío de mar. Pasamos cerca de estanques y lagos, de Sanguinet, Biscarrosse y Aureilhan; después, el estanque de Léon, desde donde parte la romántica corriente de Huchet, una corriente de agua que se hunde en el bosque, las marismas, las turberas y las dunas para serpentear durante 10 km hasta llegar al océano en Moliets-et-Maa. Una experiencia inolvidable: esta joya natural, una «pequeña Amazonía landesa», se puede descender en «galupe», una barca tradicional de fondo plano, en compañía de barqueros naturalistas.

La fosa misteriosa

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Más al sur, encontramos dos ciudades contiguas: Hossegor y Capbreton. Lo que las une es una maravilla geológica invisible: el «gouf» de Capbreton, un cañón submarino extraordinario que comienza cerca de la orilla y se extiende 300 km hasta una profundidad de 4500 m. Este cañón hace que Capbreton sea el único puerto de las Landas, con su acogedor mercado de venta directa de pescado, y que Hossegor sea una de las capitales del surf, gracias a su famosa ola, la Nord, provocada por el inicio del cañón.

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El lugar ideal para observar la transformación del litoral arenoso en costa rocosa es la terraza del acuario de Biarritz, que cuenta con una situación magnífica sobre el plateau de l’Atalaye, desde donde, en otros tiempos, se acechaba a las ballenas. Al norte, la rectilínea costa landesa. Al sur, la costa vasca se curva hacia el oeste con sus acantilados maltratados. Desde lo alto de uno de ellos, en la pointe Sainte-Barbe, las vistas son únicas: la hermosa bahía de San-Juan-de-Luz, los diques, las playas, el puerto y, al otro lado, Socoa con su fortaleza.

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Pero otra sorpresa nos espera no lejos de allí. Ascendiendo por el sendero del litoral, debemos tomar la rue de la Pile-d’Assiettes, así llamada por una curiosidad geológica: el «flysch du Pays basque», visible desde los acantilados. Capas de depósitos sedimentarios superpuestos (arenisca y marga) que datan del cretácico forman unos increíbles milhojas retorcidos en todas las direcciones. Encontramos estos acantilados a lo largo de la cornisa vasca, entre Socoa y Hendaya, un paseo relajante que, tal vez, nos permita observar la ola gigante de Belharra. Gracias al castillo y al domaine d’Abbadia, en las alturas de Hendaya, tomas conciencia de la magia de estos lugares e incluso llegas a esperar que aparezcan de pronto los «laminak» (duendes) y las «sorginak» (brujas). ¡El castillo-observatorio neogótico construido por Viollet-le-Duc para Antoine d’Abbadie en 1884 está lleno de sorpresas eclécticas provenientes de todo el mundo! En cuanto al parque ondulado, arbolado y boscoso, es una reserva natural que ofrece vistas aéreas sobre el océano; sobre los Jumeaux, dos peñascos muy característicos; sobre el estuario del Bidassoa, un pequeño río fronterizo; y sobre la bahía de Txingudi, con las playas de Hendaya. Al otro lado de la bahía vemos España, Hondarribia y el cabo Higuer. Y, sin embargo, este paisaje magnífico no parece que esté dividido por la mitad, sino que toda la Tierra es un único país.

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